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La palabra insuperable: no olvidar

Adolfo Ledo Nass Venezuela
El linchamiento de la democracia

En mitad de esa desdicha hay, colgada de la conciencia una palabra única: no olvidar. Lo señaló el profeta Ezequiel hablando en el nombre de Yahvé, uno de los 21 apelativos de Dios en la Biblia judía: 

?Y pondré mi espíritu en vosotros y viviréis; y os haré reposar en vuestra propia tierra? / Hay otra entereza que un bardo enunció con gemidos:

?Recordará el vivo a sus muertos que están aquí / a nuestro frente / y sus ojos nos rodean por doquier / y no callan, no callan, / sean nuestras vidas testimonio / y merecedoras de su recuerdo?. 

Y de añadido, una elegía humana que soportó lo insufrible y aún dejó espacio para un juramento hierátic o:

?En nombre de los ojos que vieron la tragedia / y llenaron de clamores el corazón abatido. / En nombre de la piedad que enseñó a absolver / hasta los más terribles días que el perdón / me juré: recordar todo / y eternizar no olvidar? . 

Así será por los siglos de los siglos… 

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En nuestra larga vida no hemos asumido otro firme compromiso que no fuera el periodismo. Con apenas 14 años de edad, comenzamos borroneando gacetillas de hockey sobre patines. 

Esas páginas de nuestro anhelo se titulaban ?La Voz de Asturias ?. De ahí, y un poco a salto de mata, recorrimos redacciones en media península ibérica: Oviedo, Avilés, Soria, Valladolid, Barcelona y Valencia, ciudad mediterránea de la que partimos a cruzar el gran océano de Cristóbal Colon hacia Nueva Esparta. 

En Porlamar acentuaba su presencia ?El Sol de Margarita? , fundado por Iván Cardozo, periodista de valía y mejor persona. En esa redacción estuvimos hasta la salida del ?Impacto? ?diario de la tarde- bajo la dirección del ?Ché? Fernández de recordada trayectoria. 

En ese predio isleño surgieron igualmente, con algo de nuestra cooperación, dos diarios de efímera vida: ?La Tarde? y ?La Voz de Juangriego? . Esos tiempos en la ínsula estuvieron colmados de sosiego al socaire de amistades noblemente desprendidas a la hora del buen apego. 

Los 37 años en Venezuela han sido merecedores de la mejor evocación y, si hemos retornado al lugar de nuestra nacencia, ha sido a consecuencia de las circunstancias que hoy imperan en el país del Libertador.

Rememoro todavía las últimas cuartillas no publicadas días antes de salir de Maiquetía hacia el mar de las mil aventuras, ese Mediterráneo encrucijada de civilizaciones, en el que haríamos la parada definitiva. Nuestro viaje migratorio había llegado a su fin. 

Un mes antes había regresado de Israel con escala en la isla de Chipre vía Roma. Era la tercera visita que hacía invitado por el gobierno talmúdico. De regreso a Caracas, y antes de la inminente partida a nuestro punto ibérico, la revista ?Elite? y el vespertino ?El Mundo? pertenecientes a la Cadena Capriles, habían sido cerrados. El otro diario de inmenso tiraje, ?Últimas Noticias ?, era adquirido por una empresa afín al chavismo.  

Ya nada material nos ataba al suelo tan estimado, únicamente un sentido profundo: el afecto hacia el terruño venezolano que nos había marcado tan intensamente. Ese día comprobamos lo certero del conocido slogan: ?Venezuela, un país para querer?.

Durante esa semana del traslado a España repasando textos añejos, hallamos las dos cuartillas escritas al regresar de Tel Aviv y no publicadas. Las revisamos, y entendimos que constituían parte de nuestras vivencias andariegas.

En aquel viaje supe nuevamente que cada piedra, retorcido viñedo, guijarro, capitel, ánfora, mosaico o unas simples sandalias de cuero, dicen más de país talmúdico que cualquier relato no percibido con los ojos del propio peregrino.   

En esa venerable tierra, uno va de la alegría a las lágrimas con la misma racha que esparce el desierto de Néguev subiendo a los campos Nazaret y Haifa. Allí, entre el siroco, los ojos se vuelven tumulto de hechizo ante el florecer del poco pasto en noches de escarcha.   

Esa larga y tenaz lucha de los israelitas por sobrevivir, hace del país de los patriarcas un crisol prodigioso a lo largo de los siglos, tiempo en que los hijos de Adán salidos un lejano día de Canaán tomaron posesión de las desoladas lomas de Galilea, y sellaron un pacto con Yahvé, el Dios de Abraham.

A partir de entonces no han tenido un momento de descanso. Y hoy, tras años de éxodo y lamentos, tampoco. Poseen patria, pero no paz, y cambiarían gozosos, tal vez, una cosa por la otra.

Los hebreos se expresan con la lengua del paraíso, pero aún con esa huella no han encontrado la palabra precisa y certera, con la cual puedan decirles a sus enemigos que están cansados de ser macerados sin piedad.

En ningún tiempo un pueblo ha sufrido de forma tan cruel, y debido a ello nosotros, los gentiles, de alguna manera somos participes de ese sufrimiento.

A razón de esa desventura milenaria, y con el anhelo de no olvidar hechos que se han venido repitiendo a lo largo de los tiempos cual ciclos amargos, nuestra primera visita al llegar a Jerusalén, siempre fue acudir al Yad Vashem, el museo de los mártires y héroes del Holocausto.

Delante de aquellos muros taciturnos, se acongoja el alma, ya que a 75 años de la tragedia del Holocausto, seguimos bajo su doliente angustia, la cual no deberá desvanecerse, ya que si lo hicieran, sepultaríamos la memoria de seis millones de seres humanos sacrificados bajo la brutalidad del nazismo.

En mitad de esa desdicha hay, colgada de la conciencia una palabra única: no olvidar. Lo señaló el profeta Ezequiel hablando en el nombre de Yahvé, uno de los 21 apelativos de Dios en la Biblia judía: 

?Y pondré mi espíritu en vosotros y viviréis; y os haré reposar en vuestra propia tierra? / Hay otra entereza que un bardo enunció con gemidos:

?Recordará el vivo a sus muertos que están aquí / a nuestro frente / y sus ojos nos rodean por doquier / y no callan, no callan, / sean nuestras vidas testimonio / y merecedoras de su recuerdo?. 

Y de añadido, una elegía humana que soportó lo insufrible y aún dejó espacio para un juramento hierátic o:

?En nombre de los ojos que vieron la tragedia / y llenaron de clamores el corazón abatido. / En nombre de la piedad que enseñó a absolver / hasta los más terribles días que el perdón / me juré: recordar todo / y eternizar no olvidar? . 

Así será por los siglos de los siglos… 

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