Economía

Nuevo ministro de Defensa

La verdad es, como bien decía Schopenhauer, que el destino baraja y reparte las cartas, pero nosotros debemos jugarlas. Para hacerlo adecuadamente nos corresponde, no solo a la Fuerza Pública, sino a toda la sociedad colombiana, comprender, interpretar y manejar el cambio, desde su intencionalidad y bajo la imperativa necesidad de construir un Estado cada vez más democrático

Estamos a contadas horas de la posesión de Gustavo Petro como nuevo presidente y, por designación suya, la de Iván Velásquez Gómez como nuevo ministro de Defensa. Ello ha causado urticaria en muchos, prevención en otros, temor en algunos y esperanza en los restantes. Tendremos el primer gobierno de izquierda en la historia del país, por lo que resultan inexorables los vientos de cambio.

La verdad es, como bien decía Schopenhauer, que el destino baraja y reparte las cartas, pero nosotros debemos jugarlas. Para hacerlo adecuadamente nos corresponde, no solo a la Fuerza Pública, sino a toda la sociedad colombiana, comprender, interpretar y manejar el cambio, desde su intencionalidad y bajo la imperativa necesidad de construir un Estado cada vez más democrático.

En días pasados el ministro de Defensa entrante dio sus primeras declaraciones, las que nos permiten iniciar unos juicios objetivos sobre lo que nos espera en los ámbitos de seguridad y defensa nacionales. El corolario es que debemos darle un compás de espera, como también al presidente, para no quedarnos solamente en los juicios de valor.

En sus entrevistas, Iván Velásquez fue afortunado al hablar de lo que sabe y no de aquello de lo que no sabe. Reconoció que no tiene conocimiento sobre temas militares específicos e invitó a la Fuerza Pública a tener tranquilidad. Prometió que no habrá venganzas, ni odios ni persecuciones, pero tampoco permisividad, ni tolerancia con la corrupción y la violación de los derechos humanos. No perseguir, pero tampoco encubrir. En estos aspectos no podríamos esperar posición diferente.

También pidió confianza y respaldo, por lo cual estimo que el ministro entrante entiende que el respaldo tiene como prerrequisito la confianza y que ella se construye mediante relaciones sanas, comunicación efectiva y comunión de intereses; aceptando que la milicia es una técnica subordinada a la política. No debería preocupar su ignorancia en temas militares, si tiene la capacidad e intención de analizarlos, entenderlos y valorarlos.

Advirtió que como ministro no intervendrá en las decisiones de tipo operacional, pero sí en la implementación de las políticas presidenciales, con la idea de profundizar la democracia, los derechos fundamentales y el disfrute de las libertades ciudadanas. Sobre la selección de la nueva cúpula militar y policial dijo que se hará con prudencia y responsabilidad. Así debe ser.

Era esperable que se limitara a las generalidades de su nuevo oficio, del que aún poco conoce; sin embargo, definió aspectos fundamentales de las que considera sus tareas prioritarias. Entre ellas: importancia de recuperar el control territorial y social; salida de la Policía del Ministerio de Defensa Nacional; reestructuración del Esmad; revisión del Grupo Social y Empresarial de la Defensa (Gsed); supresión del servicio militar obligatorio; negociación con el Eln y sometimiento a la Justicia de los grupos al margen de la ley. A estos aspectos me referiré en mi próxima columna.

Evidentemente, el ministro mostró carácter y buen talante; veremos cuáles son sus competencias cuando lleguen los retos y surjan los obstáculos. Todo ello será indispensable para que gane aprecio y legitimidad entre la tropa